Entre los callejones de esta ciudad de mar, de sal, de forja, de disfrute y de alma andaluza, se guarda un naipe oculto. Una jugada secreta que habla de un legado que hoy es presente.
Una antigua fábrica de naipes, un palacio señorial cuyo patio nos regala el azul del cielo malagueño. El haz matizado del sol de la siesta, la penumbra. El silencio en medio del bullicio, de la vida, de la alegría de esta ciudad que mira al puerto. Herencia fenicia, romana, musulmana, cristiana. Crisol de culturas, de vidas. Un oasis de calma repleto de matices y contrastes, de realidades y trampantojos. De arte y sentimiento. De ladrillo desnudo, de la calidez del terciopelo, de la vivacidad de la espiga, de la serenidad del mármol. Del sonido de la guitarra por un tanguillo, de ese quejío, de esa presencia invisible.
Una suerte de azar, una herencia encontrada, redescubierta. Una nueva mirada a la vida de otro tiempo, a una identidad, al valor de unas raíces, a una forma de ser. Una muestra de lo que fuimos y una seña de lo que no debemos perder. Pura belleza, pura esencia. Pura Andalucía.
La promesa que le hacemos a Málaga y a nuestro Palacio.