Reserve su estancia

Retazos de un ayer
Una casa, una hija, una promesa

Hay cartas que no se escriben con intención de ser leídas, sino para que algo permanezca. En esta, Mary Luz vuelve al palacio donde su madre creció, rió, soñó.
Cada rincón le habla, cada paso es una evocación. El resultado no es solo un recuerdo, sino una forma de preservar la memoria: la suya, la de su madre, y la de una casa que nunca dejó de latir.

¡Mira, mamá! ¡Aquí estamos! Tú, acompañándome desde el cielo y yo aquí, en la calle Santiago, mirando el Hotel Palacio Solesio, el que durante un tiempo fue el palacio de Aurelia Sierra Ghiara, viuda de Romero (tu madre y mi abuela), la casa donde viviste con ella, tus seis hermanos y la perrita Peti, el lugar que tanto has estado recordando hasta el final de tu vida, el hogar cuyos recuerdos de tu estancia en él, te hacían vibrar de emoción, llorar de alegría, invadirte de nostalgia, revivir tu infancia y adolescencia y aferrarte a esos entrañables recuerdos para saborear lo que es la felicidad.

Todo está muy cambiado, sí. Sin embargo, gracias a tus continuas narraciones y a mis vivencias, conforme me acerco, puedo ver a la abuela saludándonos desde el balcón con ese gesto tan elegante de la mano que ella tenía. Y sonriendo, siempre sonriendo. Si había algo que la caracterizaba sobremanera era la alegría y un enorme sentido del humor, cualidades que tú heredaste. ¡Ay! ¡No puedo! Se me saltan las lágrimas.

Por favor, ve contándome una vez más tus recuerdos:
Sí, mamá. Te oigo. Estando de frente al edificio, tal y como yo estoy ahora, cuando tú eras pequeña, había un café en el bajo del palacio, a la izquierda. Se llamaba Los Valles. Servía desayunos y meriendas con buenos churros. Dicho negocio era famoso en toda Málaga porque su café era el mejor. ¿Cuál era el secreto? Que lo tostaban una segunda vez en el patio de vuestra casa. Por tanto, era un café más duro, pero mucho más concentrado y rico. ¡Mmmmmm!¡Puedo imaginarme el aroma y el sabor!

¿Qué dices? ¡Ah! ¡Sí! A la derecha estaba la taberna Santa Hipólita, a la que muchos llamaban Quitapenas, por ser del mismo estilo que los varios locales de esta cadena, distribuidos por Málaga.

¡Ay, mamá!¡Que ya estoy dentro! ¡Estoy delante de la escalera de mármol!  Han conservado los primeros peldaños y las columnas italianas. Mis lágrimas salen a borbotones. Recuerdo que me has contado en infinidad de ocasiones que la familia de Carmen, la portera, que vivía a la izquierda del vestíbulo, tenía un perrito chiquitito y negro llamado Tarugo. ¡Cómo te encariñaste con él! Cuando Tarugo te veía asomar por la puerta de la calle, salía corriendo a tu encuentro y tú lo colmabas de besos y caricias. ¡Con lo que te han gustado a ti siempre los perros! También lo hacía escaleras arriba, cuando salías de tu casa en dirección a la calle y, como era tan pequeñito y con las patitas tan cortas, se iba dando con la barbilla en el borde de cada uno de estos escalones que tengo frente a mí, pero no le importaba, porque la recompensa de tus brazos y tu cariño era enorme. Taruguillo, como tú lo llamabas, estuvo a punto de ser expulsado  del palacio porque a algunos vecinos no les gustaba que se les echara encima. Sin embargo, tú, valiente, decidida y con iniciativa (a pesar de ser la más pequeña de tus hermanos – por lo que te llamaban “Chiqui”-), escribiste una carta que enviaste a todos los vecinos, en la que exponías que Taruguillo tenía derecho a tener dueño y expresabas tu preocupación por qué iba a ser de él sin ellos y de ellos sin él. Tu carta tuvo que ser muy emotiva, porque conseguiste que Taruguillo se quedara. ¡Ay, mamá! Otras lágrimas se me acaban de escapar.

¿Qué dices? ¡Ah!¡Sí! “La chorraera”. Si esta escalera hablara… Toda tu panda de amigos de la casa jugabais a “chorraros” por una especie de poyete ancho que había a los lados de la escalera. ¡De esta escalera! ¡Os debíais de divertir de lo lindo! Entre esos niños estaban Paco Rubia Vila y “Coqui”, hipocorístico con el que llamabais nada más y nada menos que a Cayetano Utrera Ravassa, que llegó a la alcaldía de Málaga. ¡Quién te iba a decir que de niño iba a ser miembro de tu pandilla, vecino, compañero de juegos y partenaire de teatro, ya que ambos interpretasteis una obrita cantada, llamada “Cuéntame un cuento, abuelita”. Tú hacías de abuelita, poniendo una voz ronca y grave que provocaba sonoras risas entre los presentes. ¡Por cierto! Ravassa también es un apellido ligur, al igual que Ghiara, que Picasso y que Solesio. ¡Qué caprichoso el destino del edificio!

No, mamá. No se me olvida todo lo que me contaste de la entrañable familia de Paco Rubia, sus padres, sus hermanos y sus dos tías, que vivían al lado de ellos: María y Juana. Tampoco me olvido de Mari Quiqui (hipocorístico de Mª Ángeles)- que era soltera-, Mari Pepa y su marido Jacinto, que vivían frente por frente a vosotros. Las dos mujeres eran cuñadas. Mari Pepa se apellidaba Ravassa, pues era tía de Cayetano. Jacinto se apellidaba del Río y era de Macharaviaya, de donde fue el marqués de La Sonora, Ministro de Indias de Carlos III, el mismo lugar donde Félix Solesio abrió la fábrica de naipes y el lugar de origen de parte de tu familia paterna.  ¡Otro capricho del destino del palacio!

¿Cómo? Sí, mami. Nombras a Doña Celestina, una señora que salía poquísimo, prácticamente una vez al año. Y lo hacía para comprarte un regalo por Navidad. ¡Qué precioso y también entrañable recuerdo!

¿Quién más? ¡Ah! Me nombras  a Pilar Ramos, hermana del dueño de la tienda de alimentos que había enfrente, haciendo esquina a la calle Santiago. ¿Y?…perdona, mami…..no te escucho bien….Siento no poder mencionar a todos y cada uno. ¡Qué unión había entre todos los vecinos; qué fraternidad! Erais todos una hermosa familia.

¡Ay, mamá! Estoy subiendo la escalera.  Mi instinto me hace girar a la izquierda cuando llego al final del primer tramo, pero no veo más escalones. ¡Anda! Una camarera sale por una puerta, justo a ese lado,  donde hay un cartel de “Salida de emergencia” y vislumbro la continuación de la escalera según el diseño antiguo. Se me acelera el corazón. La subo a toda prisa y sin pensarlo, me topo delante de la habitación 213. ¡No me lo puedo creer! El trece era el número favorito de la abuela. Casi no pudo respirar de la emoción. Mi cerebro me recuerda el letrero de PRINCIPAL CENTRO que había en la puerta de la casa y que obviamente, ya no está. ¡Acompáñame, mamá! ¡Vamos hacia dentro! ¡Vamos hacia el salón de la casa! El salón de tantas reuniones familiares, de tanta armonía, de tanto amor. No puedo dejar de llorar.  Puedo imaginarme a la perrita Peti viniendo a saludarte, moviendo la cola enérgicamente, lamiéndote las manos y buscando mimos. También a tu hermana Pili, que estaría esperándote con un paquetito de caramelos o bombones, como hacía con todos y cada uno de los hermanos. Sin siquiera pensarlo, me dirijo derecha al balcón. Lo abro. Necesito tocar la barandilla y pisar ese suelo, ese hierro forjado y esos azulejos que han sido testigos de la historia familiar. Tú tienes varias fotos en él, así como la abuela, tus hermanos y los primos. Ese balcón frente a la histórica y preciosa iglesia de Santiago. ¡Qué privilegio! Mi mano tiembla cuando la apoyo sobre la barandilla. Siento vértigo emocional; pero es un vértigo muy agradable y nostálgico. Mis pies no se atreven apenas a pisar los azulejos; vaya a ser que borren algo que no se puede explicar con palabras. Miro al balcón de la derecha (de la izquierda, si se mira frente por frente al edificio), que también pertenecía a vuestro piso, donde tus hermanos, según me contaste, tenían una jaula con un grillito (costumbre de la época), al que le alimentaban con tomate. Contemplo con nostalgia que el local de enfrente, una zapatería de toda la vida a cuyos dueños les teníais mucho aprecio, siendo correspondidos de igual manera, ahora es una franquicia de La Canasta. Tampoco se oyen voces de niños coreando las palabras de un chinito que vendía “papa de menta y caramelo”, no muy lejos de vuestra casa.

Pero no, mamá. La esencia no se puede borrar, porque está en nuestros corazones y en nuestros recuerdos, gracias a las narraciones de habitantes como tú.   Al entrar de nuevo en la habitación, esta vez, desde el balcón, miro en un acto reflejo hacia la esquina frontal derecha, donde siempre estaba colgado el cuadro que pintó la abuela a carboncillo con tan sólo 17 años. Yo me quedaba horas mirándolo cuando era pequeña, embelesada. No está. Tampoco las dimensiones de la habitación son las del salón. Este era mucho más grande. No hay mesa larga donde celebrábamos comidas familiares. No hay suelo con maravilloso mosaico, ni muebles antiguos. No está el sillón de la abuela, no hay bullicio. Sin embargo, puedo oír en mi cerebro la voz de la abuela. Y se me antoja cantando alguna copla, que de joven las cantaba muy bien, según tú me contabas. Una de sus preferidas era “Dime que me quieres”, de Doña Concha Piquer. Necesito ir a su dormitorio, actualmente, la habitación 214, pero está ocupada por otros clientes del hotel, así que vuelvo sobre mis pasos a la estancia 213. La observo: todo es completamente distinto; siento muchísima nostalgia. Sin embargo, quiero pensar en positivo y me doy cuenta de que el palacio ha vuelto a cobrar vida gracias a su transformación en hotel. Y un hotel precioso, por cierto. ¡Una maravilla! Un lugar acogedor, apacible y con muchos detalles decorativos, donde en cualquier esquina, quedan resquicios de nuestra historia.

¿Sabes una cosa? El día que recogí tus cenizas, la urna contenía un letrero que rezaba: “Si puedes recordarme, siempre estaré contigo”. Se me está ocurriendo que voy a plasmar en papel todas estas vivencias tuyas para que nadie olvide lo que ha significado este lugar para muchas familias; en especial, para la nuestra. Palacio Solesio tiene alma, vida y corazón. Ha sido el nido familiar de muchas buenas personas, un lugar cálido y lleno de amor; tu hogar; tu paraíso en la tierra durante la infancia, a pesar de la  posguerra.

¿Que te ha gustado la idea? Ya lo sabía. Y sé que a la abuela también.
Dale muchos besos a  todos, ahí arriba.

Firmado:
Tu hija, que te quiere con locura y nunca te olvida.

Mary Luz Pineda Romero
(Hija de Aurelia Romero Sierra y nieta de Aurelia Sierra Ghiara).